La magia de unos labios carnosos

Escrito por Yo Misma Publicado el día 12 de Febrero de 2011

La magia de unos labios gruesos

Esa mañana que te vi en la cámara y pude notar el sabroso grosor de tus labios no tenía ni idea de lo que eras capaz de hacer con ellos. Fue solo cuando nos encontramos que pude darme cuenta de la increíble maestría de tus ricos labios. Primero fueron tus besos.

Me perdía en tus labios como si estuviera en las profundidades de la fruta más dulce que el gusto humano pueda imaginar. Eran como dos higos deliciosos que mi lengua cubría y mis labios trataban de envolver. Tus labios me envolvían totalmente y era como perderse entre la pulpa de duraznos, manzanas o naranjas. Nunca imaginé tanta dulzura y tanto sabor resumidos en un par de labios como los tuyos. Cuando hubiste consumido mis labios con el fuego de tus besos bajaste por mi barbilla y mi cuello e ibas dejado marcado tu sabor en mi piel de manera inconfundible.

Mi piel se hacía una con la piel de tus labios por la fusión de tus besos. Mi cuerpo entero en ese momento se convirtió para ti en un mapa en el que diestramente ibas dibujando mil y una formas y en todas ellas quedaba la marca de tus labios; profunda, imborrable. Llegaste a mi pecho y tu lengua juguetona se envolvía con mis vellos y tus labios se posaron sobre el pezón de mis tetillas. Me chupabas suavemente y de vez en cuando soplabas sobre mis tetillas logrando que el pequeño pezón se pusiera rojo y atento al ardiente roce de tu boca.

Fuiste dibujando un camino central desde el pecho hasta mi pubis pero te entretuviste un rato en mi ombligo. Hacías pequeños círculos con tu lengua y tus labios se posaban sobre él como si quisieras convertirlo en una cereza, te lo comías como si fuera una pequeña fruta. Mientras estabas en estos juegos mi pene estaba a punto de explotar. Latía con una fuerza increíble por la sangre que recorría desde su base hasta la punta. Lo único que quería en ese momento era sentir la fuerza de tus labios gruesos envolviendo mi esencia.

Como si pudieras leer mis pensamientos, tomaste mi pene entre tus manos y empezaste a cubrirlo completamente con tus labios. Mordisqueabas suavemente y chupabas el enrojecido glande de mi pene.

Tu saliva caliente se deslizaba desde mi glande hasta las bolas. Solo escuchaba el chupeteo incesante en el que te entretenías sin detenerte. Con tu lengua recorrías a lo largo de mi pene enhiesto y atrapabas mis pelotas entre tu boca. Con movimientos circulares de tu lengua jugabas con mis huevos y la sensación aún la tengo grabada en mi memoria. Me estabas dando la mejor mamada de mi vida.

Cuando te cansabas de jugar con mis bolas volvías otra vez a la cabeza de mi inquieto pájaro y lo hacías que se pusiera rojo y morado a la vez. Tenía la cabezota toda hinchada y roja y sentía que la leche se estaba almacenando en mis huevos. Estaba listo para llenar tu boca con mi leche caliente. Tu saliva seguía escurriéndose hasta mi ano y el sonido que producías con tu mamada me tenía super excitado. Yo estaba que gemía y lo único que alcanzaba a decirte era: “Giovanna, qué rico mamas, qué rico mamas. Sigue por favor, no pares, chúpame hasta los huevos, trágate toda mi verga, vacíame las bolas de la leche caliente que tengo guardada para ti”. Tú seguías toda golosa mama que mama, chupa que chupa, frota que frota. Con tus dientes muy suavemente volvías a morderme la cabeza del pene y lo cubrías otra vez con tu lengua húmeda.

Nunca me habían mamado el pene tan rico como tú lo estabas haciendo. Solo quería que el tiempo no se acabara y que tú siguieras con ganas y con fuerzas de seguir agarrada a mi mástil duro y enrojecido. Tenía las venas de mi verga muy brotadas por la excitación de ese momento y sentía el semen en ebullición en mis pelotas, la leche estaba empezando a hervir. Antes de acabar quise hacer un pequeño juego contigo. Te saqué el pene de tu boca, y no querías soltarlo, te aferrabas a él como si se tratara de un dulce. Pero lo saqué y te dije que cerraras tus ojos y abrieras la boca lo más que pudieras. Me aparté unos pasos de ti y dándole unas cuantas frotadas a mi pene, para apresurar la regada, te mandé tres chorros de esperma directo a tu boca abierta. Abriste tus ojos y me dirigiste una mirada muy pícara y empezaste a relamerte los labios.

Te habías tragado toda mi leche y te metiste mi pene otra vez a tu boca para terminar de chupar las gotas que seguían saliendo por el huequito. Cuando habías terminado de limpiar mi pene completamente con tu lengua y tus labios, a pesar de la regada, mi pene seguía duro y estaba listo para continuar toda la noche contigo. Ahora era mi turno y me dispuse a no dejarte un solo hueco de tu rico cuerpo sin penetrar y sin alimentar con la leche de mis huevos que empezaban a llenarse otra vez preparándose para ti. Que magia la que tienen unos labios gruesos, ¿verdad?
Fuente: todorelatos.com

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