Una apuesta perdida

Escrito por Yo Misma Publicado el día 5 de Julio de 2010

El marido de mi prima tenía fama de Don Juan y siempre en la familia se murmuraba que andaba con otras mujeres. Nunca lo pude comprobar. Lo que sí sabía, por boca de mi mujer era de que se comentaba entre ellas que en bailes familiares le gustaba apretar un poco y así como al descuido tocaba la cola de sus ocasionales compañeras e incluso sus pechos. A Josefina se los había tocado, según me confesó, pero no le había dado importancia hasta que las otras mujeres hablaron del tema.

Ahí recordó que en cierta ocasión, mientras bailaban le puso una mano en forma un poco descarada sobre una de sus tetas y cuando ella lo miró sorprendida éste (Sine) le había hecho un guiño con su ojo.

Un día Sine se accidentó y tuvieron que enyesarle ambas piernas por lo que debía permanecer postrado en una camilla especial que le había alquilado mi prima y para pasarla mejor estaban en un lugar que tienen cerca de la casa que es bastante amplio y contaba con un gran living comedor, una cocina y un bellísimo parque atrás, junto con un baño. Tiene un estilo de “loft” y sin separación alguna, salvo con el parque a través de grandes ventanales.

Fui a visitarlo, luego pasaría mi mujer a verlo y retornaríamos juntos para casa. Aprovechando mi llegada mi prima se fue al supermercado porque tenía que hacer la compra mensual y se iba a demorar un par de horas.

Estuve charlando con él un buen rato y me contó que estaba cansado en esa posición y que no tenía sexo y estaba por explotar porque mi prima era incapaz de hacerle un mimo, una caricia para aliviarle las tensiones. Me sorprendió con el comentario pero no le di mucha importancia hasta que dejó entrever que sería capaz de pedirle a mi mujer que le aliviara la situación.

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La dos hermanitas

Escrito por Yo Misma Publicado el día 4 de Julio de 2010

Tras entrar los tres, cerró la puerta con llave. El camerino era un simple cuartucho de paredes encaladas, con dos sillas, un espejo y un perchero de madera por único mobiliario. Permanecer de pie, les dijo mientras se sentaba en una de las sillas, más o menos a dos metros de ellas.

Una de ellas era alta, metro setenta y cinco aproximadamente, morena y delgada. Tenía unos labios grandes y carnosos y unos profundos ojos marrones. Un vestido de lino negro, muy acorde con los calores estivales que imperaban en el mundo exterior, ligero pero lo suficientemente ceñido como para destacar cada una de sus delicadas curvas, dejaba a la vista unas largas y preciosas piernas color canela. Dos coletas recogiendo una larga y lustrosa melena azabache le daban ese toque infantil que a tantos les enloquece en una chica.

La otra, aún siendo su hermana, se parecía vagamente a ella. Era más baja, rubia, de tez pálida y, sin llegar a ser gorda, tenía unas curvas mucho más contundentes, algo, por otra parte, que a él le agradaba sobremanera, como sus lobunos ojos no podían disimular. Además, aquella blusa blanca y esos pantalones vaqueros azules que dejaban a la vista las cintas del tanga y un coqueto ombligo hacían de ella una pieza más morbosa aún que su hermana.

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