El chico de las galletas

Escrito por Yo Misma Publicado el día 28 de Febrero de 2011

Desde hace poco tiempo que descubrí esta página de relatos y las historias entre reales y ficticias me parecieron interesantes. Y tal vez sea por eso que me animé a contar algo que sucedió no mucho tiempo atrás y que no me atrevía a contar, tal vez por temor o rechazo ante mi falta de decisión.

Todo ocurrió cierto día, que regresando de Internet, vi en la puerta de mi casa a mi madre, a la madre de Fernando pues son muy amigas y un muchacho negro conversando. Como yo nunca he tenido rasgos racistas me pareció de lo más normal pues al fin y al cabo es una persona como todas las demás.

- Hola mamá, como está señora Julia.- saludé educadamente como me habían criado.

- Hola hijo, que bueno que ya llegaste.- respondió mientras le pagaba al muchacho. Mira lo que compré.

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Sexo a la japonesa

Escrito por Yo Misma Publicado el día 20 de Septiembre de 2010

Después de unas vacaciones lo primero en que pienso al volver a casa es en revelar y ordenar todas mis fotos, porque me encanta la fotografía y es mucho más que el modo de guardar todas esas imágenes que el recuerdo no puede retener por mucho que queramos. Yo soy uno de esos pesados que siempre encontrarán, cámara en mano, en bodas, bautizos, comuniones o cualquier otra ocasión donde se tercie echar una foto. Bien lo saben mis padres y mis hermanos y sus familias, y el día que me case, mi familia lo sabrá muy bien…

Para comprar cámaras y carretes y revelar mis fotos siempre iba a la tienda del señor Danakari. Danakari era un japonés de unos cuarenta años, de ojos hundidos y pelo ligeramente grisáceo que le daban cierto parecido con el “Fari”, si bien esto nunca se lo comenté, claro… Era un hombre serio y también eficiente, como buen japonés, pero cordial y siempre atento en el trato al cliente. Con el tiempo me gané su confianza hasta el punto de que me hablase de su divorcio y de cómo después había decidido venir a vivir a España, país que ya había visitado antes y que le había agradado.

Fue una sorpresa llegar a la tienda, tocar el timbre y no encontrar a Danakari sino a una joven, también de rasgos asiáticos, que en un primer momento pensé que podría ser su hija (algo me había contado de sus hijos) pero luego dudé en si se trataría de alguna empleada. Por si acaso, mientras le daba las fotos para revelar, le comenté:

- ¿Qué tal está el señor Danakari?

- Mi esposo se encuentra bien, gracias – me contestó.

¡Así que se trataba de su esposa! Como ella notó mi sorpresa me explicó que se habían casado ese mismo verano y que se llamaba Hanura. ¡Vaya con el señor Danakari! Lo cierto es que me extrañaba que ese japonés de cara seria y amante de su trabajo se hubiera buscado una mujer tan joven que no llegaría a los treinta años. Supongo que a menudo la edad no diluye las debilidades de la carne sino que las aumenta y tampoco hay que fiarse mucho de la impresión más aparente que nos crean los demás, lección que yo iba a comprobar muy bien…

De todas formas reconocí que Danakari no tenía sólo buen gusto para los juegos de luz en las fotos propias que exponía en su tienda sino también a la hora de elegir esposa porque me pareció una chica muy guapa, aparte de agradable.

Cuando en otra ocasión pude hablar con Danakari me explico que era muy feliz con su nueva mujer. Yo le felicité pero para mí pensé que hacían una extraña pareja aquel hombre grave y canoso y aquella mujer hermosa y más joven, pero en fin, el amor es ciego y es mejor no buscar reglas donde no las hay.

Lo cierto es que me agradaba encontrar sola a Hanura y ser atendido por ella. Aquella chica me atendía tan cordial como su marido pero me turbaban y fascinaban esas pupilas negras y brillantes que me miraban ocultas en unas rendijas estrechas y tan alargadas como las finas y perfectas cejas. El pelo era negro y estaba anudado en una coleta y la boca era pequeña y con labios carnosos. Me fascinaba la diferencia de los rasgos exóticos y de la belleza oriental y no podía menos que hallar cierta fantasía. Con la imaginación pude contemplarla con un kimono pero la camiseta blanca y ajustada que marcaba discretamente sus pechos tampoco me disgustaba.

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Loca por un negrito

Escrito por Yo Misma Publicado el día 25 de Agosto de 2010

Mi gran sueño fue siempre cepillarme a un negro. Como en el país son tan escasos, fue siempre eso, un sueño. Pero hace un tiempo leí en la prensa que barcos de la Unitas estarían en Valparaíso y eso me trastornó. Creo que ahí mismo empecé a calentarme. Me pasé películas y me veía atravesada por un bruto de esos como los de la NBA norteamericana. Soy de Santiago, por lo tanto desplazarme a la Va. región no era problema. Soy casada, afortunadamente con un hombre que me adora. En nuestros juegos eróticos siempre hemos planteado situaciones casi imposibles de realizar, como por ejemplo la que les describo. El sabe todo de mí. Siempre me dice que soy más que caliente y le gusta.

Al irnos a la cama esa noche, yo estaba a cien. Me bañé y salí desnuda hacia el dormitorio. Me paseé más de la cuenta frente a el, con la intención de provocar y alterar sus hormonas. Cuando me acosté tenía el pico como un fierro. Mi lindo, parece que el nene quiere papita, le pregunté. No me respondió, se subió y me lo metió hasta el fondo. Como estaba caliente respondí a full. De pronto, baje la intensidad y comencé a moverme suavemente. Le pregunté al oído,… ¿mi lindo?…¿le molestaría si yo me como a un negro bien pichulón…?. No mi amor, usted sabe que mi mayor anhelo es que goce…y si su sueño es comerse un negro,… ¡hágalo!, Ahhh…..y se fue cortado.

No acurrucamos para dormir y cuando estaba por conciliar el sueño, le dije melosamente : ¡Cariño!…lo que le dije… era en serio. Llega la Unitas a Valparaíso y ahí podría ser. Se levantó de un salto…se sentía descolocado. Demoró en contestar. Ahogado me preguntó, ¿te atreverías?. Yo, con voz muy suave le susurre,… ¡sí!,…es mi gran sueño. Se recostó de nuevo, me dió la espalda he intentó dormir. Yo le hice cucharita y me puse a soñar despierta. Sentía entre mis piernas un enorme pico negro, era mi antebrazo que lo restregaba sobre mi chorito. Así me quedé dormida.

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