Videos xxx, Hola, mi nombre es Ricardo y les voy a relatar una fantasía que tengo hace muchísimo tiempo con una chica que trabaja en un local de Internet.
Bueno antes de tener internet en mi casa tenía que acudir a un local el cual quedaba no muy lejos de mi casa. El caso es que en dicho local trabajaba una chica que me volvió loco desde la primera vez que la vi.
Aún no se su nombre, ya que nunca me he acercado lo suficiente a ella, bueno a menos que sea para pedir la cuenta o para decirle mi nombre ya que soy socio del local y por ende me cobran mas baratas las horas del uso de internet.
Ahora pasaré a describirla: Ella es un tanto bajita debe medir 1,66 al menos, tiene el pelo corto el cual le llega hasta los hombros, tiene un culo impresionantemente bello muy redondito, y un par de tetas del tamaño que deben ser para su estatura (ni muy grandes ni muy chicas), yo calculo que sus medidas deben ser aproximadamente 86-60-91…. En resumen una chica para volver loco a cualquier hombre.
Bueno debido a mi timidez nunca le he charlado más allá de lo que dije hace un rato.
Una noche una chica por internet me pregunto si tenía alguna fantasía y yo no sé por qué pensé inmediatamente en ella, luego le conté mi fantasía en el cual mi imaginación era la matriz de todo. Nunca había tenido fantasías que me hicieran excitar tanto.
Bueno una noche estando solo y aburrido en casa pensé en ella de repente, apague la luz de mi cuarto y me recosté en mi cama, hechando a volar mi imaginación pero esta vez con lujo de detalles, bueno esto fue lo que “soñé”:
Entro al local de internet y son las 2:00 de la mañana ( ya que el local los fin de semanas cierra a las 5:00 A.M.) y ella está sola y no hay nadie mas en el local. Me pregunta que qué computador quiero usar yo le digo el número 1, ya que es el que está mas alejado del resto y se encuentra un tanto alejado, me dirijo hacia el computador y me meto a algunas paginas pornográficas, lo cual me deja muy prendido. En una de esas casualidades de la vida se descompone y se reinicia, a lo cual yo la llamo para decirle lo ocurrido, ella me dice que me corra porfavor para ingresar la clave y ver que le ha sucedido y me hace correr mi asiento para atrás junto conmigo ella se agacha y se le ve todo su enorme y redondeado culo, lo cual me deja muy caliente y con mi pene erecto hasta el máximo. Ella se da vuelta y me dice:
leer el relatoNi la intensa lluvia que caía desde hacía horas le libró de recibir un último aviso de trabajo por ese día en su buscador. Estaba cansado, la jornada había sido agotadora y solo deseaba terminar para marcharse a casa y tomarse unas cervezas frente al televisor contemplando el partido de fútbol tan esperado de la temporada. Mientras conducía sacó un cigarrillo de hierba que llevaba en el bolsillo de su camisa y lo fumó despacio, dando profundas caladas.
Tuvo que sacar el callejero de la guantera de su furgoneta al hallarse perdido en el cruce de varias calles. Al cabo de unos minutos logró orientarse y girando en el semáforo tomó la calle indicada en el aviso.
Las obras del acerado la mantenían casi a oscuras y maldecía en silencio no llegar a casa a tiempo para el partido al no encontrar el número de la calle al que iba. Eso le hizo volver a dar unas cuantas vueltas calle arriba y ante la desesperación de no encontrar aparcamiento, decidió dejar el coche al otro lado de la manzana. Cogió su caja de herramientas y fue andando bajo la lluvia.
Era un edificio de esos antiguos, de portal cochambroso y con olor a vejez, pero al menos el ascensor funcionaba. Llegó empapado y desde el descansillo pudo ver como la única puerta que había en la planta estaba medio abierta, como si le hubieran visto llegar y esperaran a recibirle. Tocó con sus nudillos, sin querer apenas hacer ruido. No contestó nadie, pero desde la entrada se oía una música casi ensordecedora. La guitarra eléctrica de Eric Clapton resonaba en el pasillo y sentía como si le atrapara entre las paredes, como si de las mismas brotaran cientos de manos que le sobeteaban al pasar según iba adentrándose en la casa. Una fuerza extraña le llamaba desde la habitación que había al fondo desde la que salía una luz que parpadeaba cambiando de color… ahora rosa, ahora azul… ahora rosa, ahora azul.
El resto de las puertas de la casa estaban cerradas, como si sus habitaciones escondieran millones de secretos inconfesables. No sintió miedo, solo esa fuerza que tiraba de él y lo pasaba por el pasillo de mano en mano. Tan pronto sentía que le acariciaban la cara como que una de esas manos paridas en la oscuridad y la mugre se aferraba a uno de sus muslos no queriéndole soltar.
Según se aproximaba a la habitación iluminada, subía el tono de su voz, avisando de su llegada pero seguía sin recibir respuesta alguna a sus llamadas.
Sintió calor, mucho calor y su sudor se mezclaba con las gotas de lluvia que empapaban su cara y su ropa. Y de repente, aquellas manos que emanaban de las paredes como en una pesadilla empezaron a despojarle de sus vestiduras, arrancándoselas a jirones y arañándole la piel. Cuando llegó al final del pasillo estaba completamente desnudo y sudado y en la habitación estaba ella.
Permanecía en la cama, como yaciente, con los ojos vendados por un pañuelo de seda negro que resaltaba sobre el blanco de su piel. Creyó estar muerto y haber empezado a caminar en dirección a esa luz que dicen existe justo en el preciso instante de la muerte y de la que algún vivo habla tras haber regresado habiendo vivido una experiencia indescriptible.
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Esa mirada perdida tan típica, esa postura de abandono y espera _las caderas levantadas, los pezones erguidos, señalándome, los pechos expectantes, la boca entreabierta_ tendrían que haberme avisado, pero, tendido boca arriba en la cama, mientras ella me acariciaba, entrecerré los ojos y me dejé‚ llevar por el movimiento de su mano.
Intenté devolverle la caricia, con ese gesto que tanto la excita, un roce ligero, rápido, de los dedos sobre su grupa, entre las nalgas. Me interrumpió, y m s que por cualquier otro indicio, por ese tenía que haber percibido lo que ocurría. La dejé hacer mientras escuchaba en ese agradable duermevela sus gemidos. Lo supe sólo cuando me acercó los labios al pene. Entonces abrí los ojos y le ví tras ella. Una sombra oscura en la penumbra, dominante y segura.
Todo empezó en una fieesta de despedida. Todos acabamos más o menos igual, incluso ella, que ni siquiera recuerdo como consiguió arrastrarme hasta casa.
Había sido muy sencillo: Tal era mi lamentable estado que uno de esos vendedores de baratijas (“parecía muy agradable, tan educado” me confesaba después, también ella sorprendida) se ofreció para ayudarla a subirme. Una vez en casa, me metieron en la cama y ella, tan acogedora siempre, se sintió obligada a invitarle a tomar algo.
- “Mientras le preparaba un “cubata” -se empeñó en contarme-, me preguntó si le permitiría tomar una ducha, que estaba muy sudado después de toda la tarde cargando con sus bolsas. No me pude negar y le dije que le esperaría en el salón.
“Yo también estaba muy cansada -intentó justificarse antes de continuar_ y me quedé adormilada viendo la televisión. Lo siguiente que recuerdo es una lengua áspera detrás de la oreja y unas manos increiblemente suaves sobándome las piernas.
“Si no te hubieras empeñado en que llevara faldas”, me recriminó la muy cínica antes de seguir.
La verdad es que me resultaba muy agradable ese lamerme la orejita y el cuello, y sobre todo esa manaza entre las piernas, subiendo los muslos, venciendo a la falda poco a poco, me dejé‚ hacer hasta que noté‚ esos dedos atrevidos jugando conmigo por debajo de las bragas.
Entonces abrí los ojos, y de verdad que esperaba que fueras tú, Le aparté de un manotazo, y lo hice decidida a echarle de casa, pero entonces vi ese bulto enorme debajo de la toalla y me paré a mitad del gesto. Fue solo un segundo, pero me lo tuvo que notar, porque cambió rápido el la mirada de frustración por una sonrisa descarada: -¨te gusta?, me preguntó-
Entonces tuve que interrumplirla. Fui al baño a lavarme la cara con agua fría. Dejé pasar unos minutos para tranquilizarme y volví a su lado.
- “Cerdo!, le espeté -siguió ella con su relato-, pero estoy segura de que mis ojos desmentían esa actitud ofendida. Bueno, mis ojos… y la respiración, y el cosquilleo en la oreja que me había besado, y el recuerdo de su mano entre las piernas.., y la humedad que empezaba a notar en todo el cuerpo.
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